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Es precisamente el hecho de significar con un nombre, el lugar donde se habita, el principio de identidad que marca el nacimiento de un pueblo. A partir de aquí identificamos a un grupo de personas con un territorio, el paisaje y con una forma concreta de enfocar la trascendencia del hombre. En ese tránsito, subyace un ejercicio de introspección que denota el comienzo del proceso de socialización de los individuos que forman la colonia. Es entonces cuando nos reconocernos en unas costumbres, vamos perfilando nuestro recorrido como pueblo dejando las primeras evidencias del nacimiento de una comunidad organizada, distinta de cada uno de aquellos asentamientos que se dieron en la romanización, pero iguales en la base en la que se edificó el mestizaje étnico, religioso y cultural de la población.

Nuestro relato, como pueblo, comienza a partir de ese momento fundacional, no datado históricamente, pero que podemos situar a finales del primer milenio, justo en el apogeo del avance de la conquista musulmana en estos territorios. Es entonces cuando comenzamos a registrar, por primera vez, el nombre de Yanna como referencia a un grupo humano que se asienta en las tierras del interior abarcando, en diferentes épocas, los asentamientos de: Agres, la Moleta, el Poblado y las heredades de Toñuna y el Pelao.

 

“…Castrum et Villam que dicitur Yanna.”